La efeméride artística del día es para Arthur Rimbaud, poeta francés que naciera el 20 de Octubre de 1854.

Arthur Rimbaud nació el 20 de Octubre de 1854, poeta francés considerado uno de los máximos representantes del simbolismo. Desde corta edad dio muestra de su gran intelecto, comenzando a crear poemas complejos desde los diez años.

Arthur creó a los 17 años el poema “El barco ebrio” cargado de gran originalidad, sorprendiendo al gremio intelectual de la época y marcando antecedente para futuros poetas que utilizarían su técnica peculiar.

rimbaud

El Simbolismo es un movimiento literario y de las artes plásticas a finales del siglo XIX que se originó en Francia; se caracteriza por animar a sus escritores a expresar sus sentimientos, ideas y valores mediante símbolos sin tantas afirmaciones directas.

Para los simbolistas, la imaginación era el modo más auténtico de interpretar la realidad. Un ejemplo claro del movimiento,  es el poema de Arthur titulado “Soneto de las vocales” en el que cada una de las vocales tiene asignado un color.

SONETO DE LAS VOCALES

Por Arthur Rimbaud

A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales

algún día diré vuestro nacer latente:

negro corsé velludo de moscas deslumbrantes,

A, al zumbar en tomo a atroces pestilencias,


calas de umbría; E, candor de pabellones

y naves, hielo altivo, reyes blancos, ombelas

que tiemblan. I, escupida sangre, risa de ira

en labio bello, en labio ebrio de penitencia;


U, ciclos, vibraciones divinas, verdes mares,

paz de pastos sembrados de animales, de surcos

que la alquimia ha grabado en las frentes que estudian.


O, Clarín sobrehumano preñado de estridencias

extrañas y silencios que cruzan Mundos y Ángeles:

O, Omega, fulgor violeta de Sus Ojos.


EL BARCO EBRIO

Por Arthur Rimbaud


Según iba bajando por Ríos impasibles,

me sentí abandonado por los hombres que sirgan:

Pieles Rojas gritones les habían flechado,

tras clavarlos desnudos a postes de colores.


Iba, sin preocuparme de carga y de equipaje,

con mi trigo de Flandes y mi algodón inglés.

Cuando al morir mis guías, se acabó el alboroto:

los Ríos me han llevado, libre, adonde quería.


En el vaivén ruidoso de la marea airada,

el invierno pasado, sordo, como los niños,

corrí. Y las Penínsulas, al largar sus amarras,

no conocieron nunca zafarrancho mayor.


La galerna bendijo mi despertar marino,

más ligero que un corcho por las olas bailé

––olas que, eternas, rolan los cuerpos de sus víctimas––

¬diez noches, olvidando el faro y su ojo estúpido.


Agua verde más dulce que las manzanas ácidas

en la boca de un niño mi casco ha penetrado,

y rodales azules de vino y vomitonas

me lavó, trastocando el ancla y el timón.


Desde entonces me baño inmerso en el Poema

del Mar, infusión de astros y vía lactescente,

sorbiendo el cielo verde, por donde flota a veces,

pecio arrobado y pálido, un muerto pensativo.


Y donde, de repente, al teñir los azules,

ritmos, delirios lentos, bajo el fulgor del día,

más fuertes que el alcohol, más amplios que las liras,

fermentan los rubores amargos del amor.


Sé de cielos que estallan en rayos, sé de trombas,

resacas y corrientes; sé de noches… del Alba

exaltada como una bandada de palomas.

¡Y, a veces, yo sí he visto lo que alguien creyó ver!


He visto el sol poniente, tinto de horrores místicos,

alumbrando con lentos cuajarones violetas,

que recuerdan a actores de dramas muy antiguos,

las olas, que a lo lejos, despliegan sus latidos.


Soñé la noche verde de nieves deslumbradas,

beso que asciende, lento, a los ojos del mar,

el circular de savias inauditas, y azul

y glauco, el despertar de fósforos canoros.


Seguí durante meses, semejante al rebaño

histérico, la ola que asalta el farallón,

sin pensar que la luz del pie de las Marías

pueda embridar el morro de asmáticos Océanos.


¡He chocado, creedme, con Floridas de fábula,

donde ojos de pantera con piel de hombre desposan

las flores! ¡Y arcos iris, tendidos como riendas

para glaucos rebaños, bajo el confín marino!


¡He visto fermentar marjales imponentes,

nasas donde se pudre, en juncos, Leviatán!

¡Derrubios de las olas, en medio de bonanzas,

horizontes que se hunden, como las cataratas.

¡Hielos, soles de plata, aguas de nácar, cielos

de brasa! Hórridos pecios engolfados en simas,

donde enormes serpientes comidas por las chinches

caen, desde los árboles corvos de negro aroma!


Quisiera haber mostrado a los niños doradas

de agua azul, esos peces de oro, peces que cantan.

––Espumas como flores mecieron mis derivas

y vientos inefables me alaron , al pasar.


A veces, mártir laso de polos y de zonas,

el mar, cuyo sollozo suavizaba el vaivén,

me ofrecía sus flores de umbría, gualdas bocas,

y yacía, de hinojos, igual que una mujer.


Isla que balancea en sus orillas gritos

y cagadas de pájaros chillones de ojos rubios

bogaba, mientras por mis frágiles amarras

bajaban, regolfando, ahogados a dormir.


Y yo, barco perdido bajo cabellos de abras,

lanzado por la tromba en el éter sin pájaros,

yo, a quien los guardacostas o las naves del Hansa

no le hubieran salvado el casco ebrio de agua,


libre, humeante, herido por brumas violetas,

yo, que horadaba el cielo rojizo, como un muro

del que brotan ––jalea exquisita que gusta

al gran poeta–– líquenes de sol, mocos de azur,


que corría estampado de lúnulas eléctricas,

tabla loca escoltada por hipocampos negros,

cuando julio derrumba en ardientes embudos,

a grandes latigazos, cielos ultramarinos,


que temblaba, al oír, gimiendo en lejanía,

bramar los Behemots y, los densos Malstrones,

eterno tejedor de quietudes azules,

yo, añoraba la Europa de las viejas murallas


¡He visto archipiélagos siderales, con islas

cuyo cielo en delirio se abre para el que boga:

––i.Son las noches sin fondo, donde exiliado duermes,

millón de aves de oro, ¡oh futuro Vigor!? .


¡En fin, mucho he llorado! El Alba es lastimosa.

Toda luna es atroz y todo sol amargo:

áspero, el amor me hinchó de calmas ebrias.

¡Que mi quilla reviente! ¡Que me pierda en el mar!


Si deseo alguna agua de Europa, está en la charca

negra y fría, en la que en tardes perfumadas,

un niño, acurrucado en sus tristezas, suelta

un barco leve cual mariposa de mayo.


Ya no puedo, ¡oleada!, inmerso en tus molicies,

usurparle su estela al barco algodonero,

ni traspasar la gloria de banderas y flámulas

ni nadar, ante el ojo horrible del pontón.