La Cámara de Diputados francesa, aprobó castigar penalmente a los fabricantes de productos que les impongan una duración predeterminada, la llamada “obsolescencia programada”.

“Mi celular no está roto pero está viejo, obsoleto”. Esta sensación que todos hemos tenido alguna vez acerca alguno de nuestros Smartphones, ha sido señalada y condenada por el parlamento francés como un fraude a los consumidores.

La obsolescencia programada es la planificación de la vida útil de un producto. Pasado un tiempo concreto y a pesar de los cuidados que reciba el objeto por parte de su dueño, éste dejará de funcionar en su plenitud o se volverá inservible. Esto ocurrirá porque sus fabricantes así lo han diseñado, un juego sucio ampliamente documentado para alimentar la insaciable rueda de consumo. Como cuando los ordenadores y teléfonos móviles actualizan su software y surgen problemas y líos de compatibilidades. De repente piensas: “Mejor me compro uno nuevo”. Y tontamente confiamos: “Éste me durará más”.

Pues bien, el presidente de los ecologistas en el Senado Francés Jean-Vincent Placé presentó desde marzo un proyecto de ley para sancionar a los fabricantes que utilicen esta táctica mercantil injusta y perjudicial para el medio ambiente. Como él mismo detalló en su intervención en el 45% de los casos los aparatos se sustituyen cuando todavía están en buen funcionamiento o deberían poder ser reparados: “Hay que poner fin a esta estafa de usar y tirar se debe garantizar el poder utilizar productos fiables reparables y duraderos” declaró a Le Monde Diplomatique.

Hace unos días, la propuesta de Placé fue aprobada por el parlamento francés y se castigará con penas de 2 años de prisión y multas de hasta 300.000 euros a las empresas que con la excusa de las leyes del mercado violen las leyes de defensa del consumidor de Francia.

Aunque puedan parecer penas muy bajas para frenar una dinámica de consumo arraigada y constantemente alimentada es en definitiva un primer paso para que nos demos cuenta de que no estamos locos: las cosas duran menos que antes y tenemos derecho a bienes menos perecederos. Pequeños pasos como este son esenciales para comprender que otras dinámicas y modelos de consumo son posibles y necesarios.