Las obras literarias y artísticas están protegidas por leyes autorales que no permiten la modificación o alteración de ellas si no se cuenta con la autorización del titular de los derechos morales y patrimoniales.

Todos conocemos canciones que alcanzaron fama en su idioma original, por la geografía en la que nos encontramos y dado el poderío de los mercados, y la calidad musical podemos referirnos directamente al idioma inglés.

Cuando los hispanohablantes, por poner un ejemplo, que integran la industria musical saben de estos éxitos, buscan la manera de que la obra sea consumible por sociedades que no comparten el idioma original de la obra. La mejor opción: la traducción.

Así es como empieza el camino en busca de una autorización, que permita el proyecto. Lo principal es saber quién es al autor de la canción, sin importar quién sea el intérprete. El autor es quien debe autorizar la traducción y en muchas ocaciones no se trata de la misma persona.

Teniendo el dato del autor se busca tener contacto con él para mostrarle la propuesta, sólo de él deberá emanar un sí o un no.

Cuando se conocen estas intenciones, los autores precisan conocer la traducción, la nueva interpretación , el intérprete y todos los demás datos que deben conformar en general las diferentes licencias, como: tiempo de explotación, modos de explotar, territorio, etcétera.

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Si bien el autor autoriza la traducción de su obra, debe conocer que de esta nueva traducción nacen otros derechos que no lo involucran directamente, pues la persona que la realiza se equipara como autor, pero solamente de la adaptación al nuevo idioma, pudiendo prohibir o autorizar a otros su uso.

Sin duda es una gran propuesta llegar a territorios que por límites de entendimiento oral, a veces es complicado. Los resultados muchas veces son bueno y otras no tanto.