A diferencia de otros países, en México sabemos que a la muerte se le celebra, no se le llora.

Durante el mes de noviembre, la Ciudad de México se llena de un aroma a incienso y mirra, a zempasúchilt y a lilas moradas que adornan altares como señal de alegría y bienvenida para todos aquellos seres queridos que ya no están físicamente con nosotros.

La tradición de Día de Muertos es de las más antiguas y tiene dos elementos vinculados con el culto a los antepasados: el zempasúchilt, que es una flor anaranjada que crece en las milpas marchitas y tiene que ver con el fin de la época de lluvias y el inicio de una época de seca.

Para los mexicanos es especial, porque reúne a la familia y a aquellos que se fueron, una muy bonita tradición que es poner una ofrenda de generación en generació, la mesa no sólo tiene un lugar especial en los hogares mexicanos, además de ser el centro del hogar donde se comparte el vino y la sal, sirve para recordar y reunir a muertos y vivos, a través de una ofrenda.

Mucha gente cree y sigue creyendo que los muertos van, vienen de visita, bajan y conviven con los vivos alrededor de sus altares en ese momento, millones creen que en estos días, los difuntos cruzan el umbral que separa la vida de la muerte para abrazar a los vivos, en una especie de soplido de viento. Y a diferencia de otros países, en México, sabemos que a la muerte se le celebra, no se le llora.

“El muerto tiene que venir a un lugar donde haya cariño y amor, a un recinto donde se le esté esperando y se sienta a acompañar a las personas amar a nuestros muertos forma parte de las herencias de las abuelas, a las hijas y a las nietas. Un círculo de la magia y el misterio que se convierte en una esperanza de volver a sentir su presencia.

Si nadie niega que la muerte duele y ese dolor es como una especie de lluvia dentro de nosotros, con lágrimas que calan el alma, pero el tiempo que es sabio, lo cura todo y es cuando a la muerte se le puede celebrar.

Es noche negra, Día de Muertos, que nos recuerda encender una luz y elevar una plegaria por las almas que nos visitan. Momentos de reflexión y de respeto para recordar los buenos tiempos y las enseñanzas compartidas, porque bien vale decirlo: nadie muere hasta que no se le olvida y es el día donde las almas de vivos y muertos se reencuentran.

“Uno no es de ningún lado hasta que entierra a sus muertos, eso solía decir Úrsula en la novela Cien años de soledad del admirado Gabriel García Márquez, y eso es verdad, al menos en este país.”