Remitirnos hasta los antecedentes primeros de los derechos de autor no es una tarea sencilla, su origen es difícil de rastrear y se pierde en los albores del desarrollo cultural humano.

Algunos indicios podemos observarlos en la Antigüedad Clásica, donde empieza a nacer un interés por parte de los literatos para que sus obras se mantengan íntegras y sin modificaciones. La copia manuscrita podía llevar aparejada alteraciones del original por parte del copista, algo que los autores trataban de evitar con recomendaciones y peticiones.

Similar situación, aunque más restringida debido al menor movimiento cultural, se dio en la Edad Media. En estos momentos sólo el autor de las obras escritas tiene un cierto reconocimiento al mantenerse su nombre asociado a su creación (y no en todas las ocasiones, a juzgar por el gran número de obras anónimas que ha llegado a nuestros días). Pero en el caso de las obras de arte ni siquiera se plantea la posibilidad de ese reconocimiento. El creador era un elemento totalmente secundario y carente de derechos, hasta el punto de no contar ni siquiera con el derecho del recuerdo de su paternidad sobre la obra. Los que encargaban o compraban las piezas eran además los que adquirían toda la autoridad para decidir sobre ellas, perdiendo el autor voz y voto una vez se desprendía de la misma.
El Renacimiento supuso un primer e importante paso en el reconocimiento de la propiedad intelectual. La creación de la imprenta y la reproducción masiva de documentos escritos dio lugar a que se generará una nueva situación que precisaba unos medios de control. La gran producción de beneficios que poco a poco iba suponiendo la imprenta crecía pareja al interés de los escritores por proteger su creación e intereses y por limitar la libertad absoluta de editores e impresores a la hora de reproducir sus obras.

Es entonces cuando se empieza a formar la idea de unos derechos de los autores. En el campo de las bellas artes también se avanzó en este periodo ya que el humanismo reinante trajo consigo al menos el reconocimiento al creador en este campo. El artista ve distinguida su autoría, aunque aún carece de otro tipo de derechos. Así, su obra podía ser copiada impunemente o modificada sin contar con la voluntad del autor.

Sin embargo, estos ejemplos no son más que breves pinceladas que suponían poco más que el simple reconocimiento de paternidad de un autor sobre su creación. Para que se desarrollara una verdadera doctrina en torno a la propiedad intelectual y al copyright que esperar hasta el siglo XVIII. En este momento, en concreto el 10 de abril de 1710, el parlamento inglés crea el Estatuto de la Reina Ana sobre copyright, o derecho de copia que tenía el autor sobre su obra. El creador era el único que podía autorizar las reproducciones en los 14 años siguientes a su creación, prorrogándose la caducidad de la protección por un espacio similar de tiempo si seguía éste con vida. Además, se debían entregar copias a las bibliotecas inglesas de forma que la obra fuese accesible al público en general
.
En España, el interés ilustrado por la cultura del siglo XVIII también influyó en el desarrollo de la propiedad intelectual. Carlos III promulgó la Real Orden de 22 de marzo de 1763 por la que nadie tenía privilegio “para
imprimir ningún libro, sino el mismo autor que lo haya compuesto”. Un año después, la Real Orden de 20 de octubre de 1764 permitía que los derechos del autor fueran heredados por sus descendientes.

Otros países, como Estados Unidos, continuaron por el camino iniciado en l Reino Unido. La Constitución de 1787 de los Estados americanos refleja el interés por proteger la propiedad creativa de los autores.

Más concretamente tratará el tema en la Ley de Copyright de 1790, en la que establece plazos de protección temporal similares a los de la ley inglesa. Diferente ruta fue la que tomó Francia en el Décret relatif aux droits de propriété des auteurs d’écrits en tous genres, compositeurs de musique, peintres et dessinateurs, que la Convención Nacional elaboró en julio de 1793.

Se presentan importantes referencias respecto al modelo anglosajón: en primer lugar, se extiende la protección a toda la vida del autor y diez años más; en segundolugar, contempla los derechos del autor más allá de la simple reproducción de la obra. Este paradigma, acogido rápidamente también por Alemania, asentó las bases de los derechos morales del autor
en el ámbito continental y latinoamericano.

Pero no todas las obras se acogieron en un principio a la protección que estas normativas brindaban, siendo los autores de libros y documentos impresos los primeros en beneficiarse de esta legislación. Poco a poco los derechos de autor van ampliando su campo de acción, hasta englobar no sólo a los creadores de escritos originales, sino también de obras gráfica en todas sus facetas, representaciones teatrales, coreografías, obras musicales y sonoras, fotografía, escultura, arquitectura y, más actualmente, programas informáticos. Junto a ello han ido igualmente aumentando los derechos relativos a los plazos de protección, las medidas de salvaguarda, las opciones de los autores, los organismos encargados de la regulación, los criterios que garantizan la seguridad, los derechos morales o las medidas de difusión