Primero, pensé en agradecerle.

Por Gabriel Monterrubio.

Siendo un simple americanista, ya no sufro el clásico. Ya no tengo miedo a la derrota contra el odiado rival, las Chivas del Guadalajara. Ya no me preocupo. Semana tras semana, pretendo que no me importan las Chivas pero dentro de mi, no lo puedo negar, me importa; quiero que pierdan. Admito que se esboza una sonrisa en mi cara cuando le va mal a las Chivas, la misma alegría, supongo, que sienten los chivistas cuando el América fracasa. Usted y su equipo, las últimas temporadas, me han regalado muchas sonrisas. No tengo nada en contra de usted, es simplemente que mi corazón le pertenece a su odiado rival y naturalmente debo de odiar a su equipo.

Al principio de esta carta le mencione “Primero, pensé en agradecerle”, sin embargo, realmente voy a reclamarle. Mi felicidad es efímera, momentánea, insulsa y por encima de todo sin pasión. Yo, un simple americanista, deseo ver a las Chivas del Guadalajara en toda su grandeza, un digno rival. Quiero sufrir el clásico, quiero ver que el América derrote a su equipo en su máximo esplendor no como ha sido (disculpe usted) un vil cheque al portador, simplemente quiero que regrese el sabor del clásico. 

América-Chivas. Ying-Yang.  El Clásico de Clásicos.

Es injusto para ambas aficiones (cabe mencionar que son las dos mas grande de este país) que uno de los dos equipos juegue pequeño y por debajo del nivel que su historia le exige.

Usted es un respetable hombre de negocios, me gustaría creer que las Chivas no son un negocio más en su notable carrera pues para millones de mexicanos la Chivas son la vida, la pasión y para nosotros los americanistas, las chivas, son nuestro rival a vencer, nuestro –a veces-verdugo pero también nuestra –a veces- alegría mas profunda al derrotarlos.

Usted es el dueño de las Chivas ralladas del Guadalajara y yo soy simplemente un americanista que le pide que regrese a las Chivas que tanto odio y temo, para que en el ocaso de un clásico épico, si nos derrotasen, pueda sonreír e inflamar mi pecho de orgullo de autodenominarme Americanista vencido por un rival digno y si, fuésemos victoriosos, poder sentir la exorbitante felicidad de ser Americanista.


Atentamente, 

Un simple Americanista.